El Guerrero ante la muerte

El Guerrero ante la muerte

Laura Fierro Evans
“Cuando no te agitas aunque se hunda una montaña ante ti; cuando no te enfadas aunque la gente te ofenda y te insulte, ni te impresiona siquiera una gran guerra, ni tienes miedo aun ante la muerte inminente, ni te intimidan los que ostentan altos cargos y rangos, a eso se le llama valor”.
(Umawatari Bogyu: Samurái)



En todas las culturas antiguas, el guerrero era un ciudadano destacado, de una casta especial, al que se le entrenaba desde pequeño para ser servidor de su patria. Se distinguía por ser el protector, el defensor de su pueblo, su territorio, sus valores y estaba dispuesto a transitar por el Camino de Guerrero, que no era otra cosa que el camino de vida hacia la muerte.
Es hace muy pocos años -de toda la larga historia de la humanidad- que el ser humano se ha desconectado de esta realidad universal inevitable, para aferrarse a la ilusión de que esta tierra, este cuerpo y la juventud son –ilusoriamente- para siempre.
Para un guerrero, la muerte es El Camino. Y lo que va haciendo durante toda su vida es honrar profundamente la oportunidad de acceder un día al Gran Espíritu creador gracias a caer dignamente en batalla.


Veamos algunos ejemplos ilustrativos. El guerrero samurái aprendía con códigos como el Bushido o libros de preceptos como el Hagakure, que la clave del corazón era mantener el valor en cualquier circunstancia. En el manual del samurái se describe cómo, un año después de la muerte, se celebrará el festival Bon. Durante dicho festival, el guerrero y sus ancestros volverán en forma de espíritu al hogar de su familia. Su alma será por fin libre y podrá emprender el lento viaje que le conduce al paraíso. Ahora será un dios. Y será también un ancestro. De esta forma sus sucesores podrán recordarlo y venerarlo. El manual enfatiza:
“Samurái: no olvides honrar a tus ancestros y cumplir con los rituales prescritos, porque ellos dependen tanto de ti como tú de su ejemplo; y ninguno de nosotros se libra de la certidumbre de la muerte.”(Umawatari Bogyu, Señor de Hitachi y gran Chambelán de su Exma. Alteza, el Shogún, 1615.)


El guerrero vikingo  tenía su vida dedicada al dios Odin, dios de la guerra. Aquél que estaba protegido por él, adquiría características extraordinarias como no sentir el dolor y ser prácticamente invencibles. Sus enemigos describían que casi podían ver cómo sus heridas sanaban después de ser atacados; luego se ponían de pie y seguían luchando. Su meta de vida era morir en la batalla para ir  al paraíso del Valhalla. Odin les enviaba entonces a las valquirias:  hermosas amazonas que montaban caballos alados, a recoger a los mejores guerreros caídos y llevarlos al Valhalla. 
Cuando un vikingo moría en batalla tenía esa maravillosa muerte. Y cuando moría de vejez, iba al submundo o Reino de Hel. Para los vikingos este era un lugar lúgubre, donde las almas vagaban entre lo oscuro.


Los espartanos preparaban a los niños desde los 6 años para ser guerreros y se les educaba en la disciplina férrea de búsqueda de la perfección. Para una madre, la consigna al despedir a un hijo que iba a la guerra era: “vencer o morir”. Mejor que no regreses a que regreses derrotado. El fin último del espartano era morir en la batalla para acceder a un puesto en el Hades.












Los mayas creían en la vida después de la muerte, pues la vida era un tiempo sin fin.
Para los mayas hay un símbolo sagrado que es el árbol de la ceiba  o árbol sagrado, que es el eje del mundo y el puente de comunicación entre tres niveles de existencia: cielo, tierra e inframundo. La ceiba es el vehículo a través del cual el maya va al cielo y al inframundo.
En la cultura maya había dos tipos de paraíso, igual que el caso de los vikingos y los samurái: el de los guerreros y el de los demás. Sólo que la muerte es un fenómeno comunitario en los mayas. Las causas de la muerte y las raíces de la enfermedad eran un asunto de toda la comunidad y la muerte se veía también desde el impacto que tenía en el espíritu de la comunidad. Cuando algo le sucedía a un miembro de la comunidad, no se buscaban culpables individuales como en nuestra sociedad, sino se reflexionaba sobre cómo todos habían contribuido a que esto sucediera y qué debían hacer todos para repararlo.
Así el maya, como parte de un todo se vivo en todo lo que le pasa. Y a una comunidad le daba más poder y fuerza si tenía guerreros que habían muerto en batalla.


Descubrir estas coincidencias entre culturas que aparentemente no tienen nada que ver unas con las otras nos ayuda, como especie, a tomar el camino de regreso a casa.
La muerte es la puerta, es la oportunidad de liberar al espíritu gracias a los obstáculos que aparecen en el mundo del cuerpo. Porque como dijo el poeta, en el mundo del espíritu sólo hay encuentros, no hay despedidas.




De Nezahualcóyotl, el poeta:

¿ A dónde iremos
donde la muerte no existe?

Mas, ¿por esto viviré llorando?

Que tu corazón se enderece:

Yo Nezahualcóyotl lo pregunto:
¿Acaso deveras se vive con raíz en la tierra?
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.
Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.
No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí.

Percibo lo secreto, lo oculto:
¡Oh vosotros señores!
Así somos, somos mortales,
De cuatro en cuatro nosotros los hombres,
Todos habremos de irnos,
Todos habremos de morir en la tierra…

Nadie en jade,
Nadie en oro se convertirá:
En la tierra quedará guardado
Todos nos iremos
Allá, de igual modo.
Nadie quedará,
Conjuntamente habrá que perecer,
Nosotros iremos así a su casa.

Como una pintura
Nos iremos borrando.
Como una flor,
Nos iremos secando
Aquí sobre la tierra.
Como vestidura de plumaje de ave zacuán,
De la preciosa ave de cuello de hule,
Nos iremos acabando
Nos vamos a su casa.

Se acercó aquí
Hace giros la tristeza
De los que en su interior viven…
Meditadlo, señores,
Águilas y tigres,
Aunque fuerais de jade,
Aunque allá iréis,
Al lugar de los descarnados…
Tendremos que desaparecer
Nadie habrá de quedar.


El Pueblito, Qro, México
2 noviembre 2015
@laufierroe

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